Las tabernas centenarias de Madrid (5)

En mi anterior reportaje sobre las tabernas centenarias de Madrid, reseñé dos de ellas: “La Casa del abuelo” y “La Dolores”. Hoy lo hago  con la mítica “Taberna de Antonio Sánchez”, la más antigua de la Capital del Reino y a la que la bodega que fundó mi abuelo abasteció con sus vinos durante más de 60 años, hasta el cierre de la empresa familiar “Matías Brotóns, S.A.”, acaecido en 1992.

dibujo de la portada de la bodega, de Eugenio Ruiz-Olivares (Copiar)

(Dibujo titulado "Bodegas Brotons". Imagen del frontispicio de Bodegas de Matías Brotóns y Hermanos, realizado por el dibujante Eugenio Ruiz-Olivares. Tinta/papel. 50x38 cms, 1988)

“Taberna de Antonio Sánchez” (Mesón de Paredes, 13), casa fundada en 1830 por el matador de toros José Sánchez “Cara Ancha”, que en 1870 pasó a manos del picador Matías Uceta “Colita”, y algunos años después, en 1884, la adquirió el valdepeñero Antonio Sánchez Ruiz, tasca ilustrada y casi dos veces centenaria, que heredó su hijo Antonio Sánchez Ugarte, nacido en dicha taberna, en Madrid, en 1897 y fallecido en la misma ciudad, en 1964, torero y pintor, discípulo y amigo del prestigioso artista Ignacio Zuloaga, que le enseñó a perfeccionar sus trabajos pictóricos, tras retirarse A. Sánchez de los ruedos en 1929, después de 22 cornadas, lo que ocasionó, que abandonara el toreo y  se dedicara a regentar la histórica tasca y a pintar y dibujar, llegando a obtener importantes galardones en varios concursos y certámenes, pero particularmente en la Exposición de Artes Plásticas de Valdepeñas, donde fueron laureadas obras suyas con primeros y segundos premios, en los años 1944-45-46 y 49, con sus obras pintadas al óleo: “Yo”, “Picador” y “Autorretrato”, entre otras, en los que se aprecia su estilo realista y de corte clásico, expresión artística del conjunto de su obra, que la prestigiosa crítica de arte, Gianna Prodan, escribió: “La pintura de Antonio Sánchez se resiente, en alguna medida, de la influencia de Zuloaga; como aquélla, es intensa de color y materia, y sobria de contenido”, opinión acertada que comparto, ya que es algo normal y lógico que tuviera influencias de su profesor, siendo, como era, un artista totalmente autodidacta, salvo las clases que le impartía el citado Zuloaga, que fue su único maestro y fraternal colega, dado que era cliente diario de su taberna, hasta el extremo de que dicho  afamado pintor vasco realizó su última exposición en ella, donde exhibió un retrato que le hizo a Antonio Sánchez, que aún se puede ver en la emblemática e histórica taberna, junto a un antiguo azulejo, que recuerda, que ella expuso por última vez el gran Zuloaga, maestro de maestros, como dicen los aficionados al cante flamenco.

También era A. Sánchez un excelente dibujante, como lo demuestra en el retrato a carboncillo y ceras, que le hizo a mi tío Matías Brotóns Gonzálvez, en los años 50, dada la relación entrañable  que mi familia tenía con el torero, tabernero y pintor, ya que, durante más de 60 años abasteció con sus vinos a la taberna la bodega familiar que fundó mi abuelo Joaquín Brotóns Fenoll, en los años 20, bajo el nombre de “Bodegas Santa Pola”, que, posteriormente, en 1944, creó la sociedad mercantil: “Matías Brotóns, Hermanos y Compañía”, junto a sus hijos varones: Matías, Joaquín y Francisco-mi padre-, que se dedicaron a la elaboración, embotellado y exportación de vinos blancos y tintos, entre otras actividades, ampliando el negocio al adquirir en los primeros años 50 las “Bodegas Santa Isabel”, fundadas en 1898; bodegas, que se cerraron en 1992 y en las que colaboramos cuatro generaciones, tras 72 años dedicados a la elaboración y comercialización de vinos, lo que motivó, entre otras razones,  años más tarde, que el Pleno del Ayuntamiento de Valdepeñas, en sesión celebrada el 27 de julio de 2004, acordara rotular una calle nueva con el nombre de “Bodegas Brotóns”.

Esta catedral del vino de Valdepeñas, conocida popularmente por la “Taberna de Antonio Sánchez” o “La taberna de los tres siglos”, mantiene intacta la decoración  desde su fundación, entre los que destacan: la azulejería original de los zócalos, el mostrador de madera y la pila de zinc, los veladores de mármol blanco, las lámparas de gas con la que se iluminaba, cuando aún no había luz eléctrica en Madrid. Asimismo, es una auténtica reliquia el elevador de botellas, que subía el vino desde la cueva de tinajas de barro de Colmenar de Oreja, que permanece igual que cuando se inauguró; especialmente curioso es el antiguo cartel que anuncia el precio de las torrijas, que es de hace muchísimos años, ya que indica: Torrijas a 15 céntimos de las antiguas pesetas, pero que, si actualmente le llevas los 15 céntimos de peseta, te dan tu torrija. Igualmente es digna de citar la caja registradora, que funcionaba con pesetas y céntimos, cuya antigüedad supera más de 130 años. Bellísimo es el reloj que marca las horas, que lleva marchando unos 120 años, entre otras antigüedades, como un cartel que anuncia: “Prohibido escupir en el suelo” y otro, que indica: “Retretes”.

Las paredes están estucadas y tienen pintados unos medallones con los rostros de los antiguos toreros: “Frascuelo”, “Lagartijo” y “Cara Ancha”, que eran clientes de la taberna, donde se tomaban un vino y una torrija, ya que dicho dulce, era la especialidad de la casa y fueron muy famosas en el pasado siglo, como lo demuestra que llegaron a vender 2000 torrijas en un día. Pero entre su añeja decoración llena de solera, sobresalen las cabezas disecadas de los toros de las alternativas de Vicente Pastor, dada en 1902 por Luis Mazzantini, junto a la del toro “Fogonero”, que toreó y mató Antonio Sánchez Ugarte, otorgada en la plaza de toros de Linares, el 29 de agosto de 1922 por  Ignacio Sánchez Mejías, conocido torero, escritor e intelectual, que era amigo de los poetas de la Generación del 27, especialmente íntimo de García Lorca, que le escribió, tras la muerte del amigo torero, en la plaza de toros de Manzanares (Ciudad Real), una de las mejores elegías que se han redactado en el mundo de la poesía, aunque sin desmerecer la que Miguel Hernández hizo a su amigo Ramón Sijé, que era el seudónimo artístico de José Ramón Marín.

En el pasado siglo, en dicha fabulosa taberna, tenían tertulia semanal personalidades como: Pío Baroja, Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga, Julio Camba, Gregorio Marañón, José María de Cossío, Juan Cristóbal, Vázquez Díaz… y el fino y bohemio escritor y periodista de ABC, Antonio Díaz-Cañabate, que, inspirándose en esta tasca y en el vino que elaboraba mi padre, que era el que bebían, escribió el libro “Historia de una Taberna”, publicado por la prestigiosa editorial Espasa-Calpe, en su colección Austral, en 1947; libro, en el que elogia los vinos que hacia mi antecesor y cuya primera edición guardo como oro en paño, ya que está dedicada a mi padre por su autor, que era abogado y un excelente escritor costumbrista, poseedor de una fina prosa, ágil, lúdica y erudita, que lo convirtió en uno de los más relevantes escritores de su época, en temas costumbristas; materias, que le hicieron digno de que el Ayuntamiento de la Villa y Corte, en 1966, le nombrara “Cronista Oficial de Madrid”, honor que agradeció mucho hasta su muerte, ocurrida en 1980 a la edad de 82 años, siendo todavía colaborador de los diarios ABC y El País, periódico, éste último, que, en su necrológica, redactó: “Era el más destacado costumbrista madrileño de este siglo, como Mesoneros Romanos lo fue del pasado”. Hoy, quizás por azares de la vida o el destino, está casi olvidado, aunque algunas de sus obras se pueden encontrar en librerías de viejo o en Internet.

Años después, se reunían, en este mismo cenáculo báquico a hablar de literatura y arte, pero también a conspirar contra el gobierno franquista, los poetas, escritores y pintores pertenecientes a la corriente vanguardista de posguerra del Postismo: Gabino Alejandro Carriedo, Carlos Edmundo de Ory, Francisco Nieva, Carlos de la Rica, Santiago Amón y Ángel Crespo y Pérez de Madrid (Premio Nacional de Traducción), gran poeta manchego, ensayista, critico de arte y traductor de Dante, Petrarca y Pessoa, que en una carta manuscrita, que conservo en mi archivo, me informa de ello y de las frascas de vino tinto de Brotóns que se bebían, mientras charlaban sobre lo divino y lo humano. Crespo, es un excelente escritor, que no ha tenido el reconocimiento que merece en su país, pero si les interesa conocerlo bien, les aconsejo lean la magnífica biografía “Humanidad y Humanismo de Ángel Crespo (1926-1995), publicada en 2011 por la editorial Almud y cuyo autor es mi viejo y entrañable amigo Amador Palacios, especialista en las corrientes de poesía española en las que Crespo participó, especialmente en el Postismo, movimiento artístico en el que A. Palacios es uno de los mejores conocedores y autor del imprescindible libro “Jueves Postista”, publicado por la Diputación de Ciudad Real, en 1991, en la conocida  colección: Biblioteca de Autores y Temas Manchegos, que también publicó en 1975 mi antología “La desnudez cómplice de los dioses”, que lleva un  excelente estudio introductorio del catedrático  y profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, en Ciudad Real, Luis de Cañigral Cortés, poeta, ensayista, helenista y traductor de mi admirado Cavafis, entre otros poetas griegos, como Elytis y Ritsos.  

Actualmente, la mítica “Taberna de Antonio Sánchez”, también es un magnífico restaurante, que tiene una carta variada y de platos abundantes de comida casera: Callos a la madrileña, cocido madrileño completo, rabo de toro, pisto manchego, chipirones en su tinta, morcilla con pasas y piñones, y la ya acreditada “Olla gitana”, que está para chuparse los dedos, entre otros platos contundentes, que regados con un buen vino y  finalizando con una torrija de la casa, que son una exquisitez, puede almorzar o cenar como un  Cardenal. También tiene muy buenas tapas y canapés para degustar en la barra o en las mesitas y banquetas de caoba y roble, donde sentaron sus posaderas los mejores escritores de la Generación del 98.

En 2007, el Ayuntamiento de Madrid, le otorgó el título de “Establecimiento Centenario”, que se exhibe enmarcado en las paredes, junto a textos publicados en periódicos y revistas, que han escrito sobre la citada taberna y sus vinos, destacando uno del célebre doctor Marañón, que alaba los beneficios del vino, siempre que se beba con moderación, ya que era un  buen degustador y experto en vinos, que fue cliente hasta su muerte de la bodega familiar “Matías Brotóns y Hermanos”, continuando su viuda doña Dolores Moya, cuyos sobres para enviarle las facturas, escribía yo en una vieja máquina de escribir “Olivetti”, que había en la oficina de la empresa familiar.

El precio medio del menú es de 20-25 euros. Tiene plato del día a un precio módico. El horario es de: 12 a 16, de lunes a sábados, y las cenas de: 20 a 24 horas. Los domingos abre de: 12 a 16,30 horas. Tiene un excelente vermut de grifo y un exquisito vino de consagrar, que extraen de un viejo tonel. La cerveza la tiran muy bien y se puede tapear en la barra con vinos de Valdepeñas, algo raro ya en estos locales centenarios, que se han pasado a otras denominaciones de origen de cuyos nombres no quiero acordarme. Los camareros son atentos, amables y serviciales, que te aconsejan sobre los menús y los vinos a elegir.

Sobre la citada renombrada tasca, han escrito importantes escritores y periodistas: Luis Carandell y José Luis Pécker, entre otros, pero el más relevante de todos, es el  emotivo artículo que en el diario ABC publicó don Camilo José Cela (Premio Nobel), que gustaba de ir a llenar la andorga con sus viandas y acompañarlas con una frasca de vino de Brotóns.  

Esta auténtica joya, que es una institución en la hostelería madrileña, es de visita obligada, ya que se come bien y a buenos precios, en una taberna cargada de historia y leyenda, que conserva todo su casticismo y raigambre de 187 años, en la que yo quedaba siempre con mi querido amigo y paisano el actor Valentín Hidalgo Rubio, donde comenzábamos la ruta báquica, que solía alargarse hasta el amanecer, pero taberna a la que actualmente voy poco, ya que, en ella hay demasiados recuerdos de los tiempos de amor y felicidad, ya lejanos, pero grabados a fuego en la memoria. Además, no bebo alcohol,  desde el año pasado que tuve un infarto, en el que el eminente cardiólogo y excelente persona y paisano, el doctor don Fernando Lozano Ruiz-Poveda, me implantó 5 “muelles” en las arterias, en el Hospital General Universitario de Ciudad Real, aunque el famoso galeno me indicó que podía tomarme un par de copas de vino tinto, pero prefiero no catarlo, dado que, como se dice en Valdepeñas, mi ciudad natal: “Ya me he bebido mi tinaja”.

Me olvidaba de decir, que dicha tasca ilustrada, sirvió de escenario para una secuencia de la película de Pedro Almodóvar “La Flor de mi Secreto”. Resumiendo, solo por ver el local que es una maravilla, merece la pena ir a tomarse un vino, almorzar o cenar, ya que te transporta al siglo XIX y a la España de Valle-Inclán, Galdós y Pío Baroja, que fue cliente y tertuliano de la taberna y escribió:”Viva el buen vino, que es el gran camarada para el camino”. Pero por favor, degusten el vino con moderación y no hagan suyo el lema machista que gritaba el lumpen madrileño, en el siglo XIX:”La política pa los políticos, las mujeres a ratos y el vino a toa las horas”.  Hasta el próximo artículo, que será el último de este amplio y documentado reportaje, amigos tabernícolas.  

                                                                                                   www.joaquinbrotons.com.