Con esas dos palabras resumía su posición el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. Y es verdad. Al tremendo fracaso político que hemos llegado se debe principalmente a que han faltado ambas cosas. De una parte tomaron la decisión de conseguir sus objetivos saltándose la Ley con premeditación y alevosía. ¡Intolerable! Y la otra parte, aunque diga lo contrario, no se ha distinguido precisamente por dialogar, ni en esta ni en ninguna otra cuestión. Y sin Ley y sin diálogo no es posible ninguna acción política.

La diferencia entre ambos cuestiones es que la primera es muy fácil de delimitarla. Se cumple la Ley o no se cumple. Y punto. Por eso a Mariano Rajoy le resulta muy fácil salir a la palestra a declarar solemnemente que hay que cumplir la Ley. Es muy fácil. Da la impresión que él es el único en posesión de la verdad. Lleva meses sin aportar otra cosa que el cumplimiento de la Ley. Y como tiene la razón, que la tiene, ya puede lavarse las manos y a esperar. Esperar y esperar hasta llegar aquí. Hasta llegar a que el problema se nos vaya de las manos.

Hablar de diálogo, es más difícil, es algo mucho más sutil. Todos presumen de haber estado dispuestos al diálogo, aunque sea una falsedad. Dialogar no es fácil. Si ambos declaran que quieren dialogar, pero ponen por delante una condición previa irrenunciable es sencilla y llanamente que ninguno quiere dialogar. Se ha dialogado con terroristas para acabar con esa lacra, y ¿no se puede hablar sobre la estructura del Estado? Llevamos meses oyendo monólogos, oyendo un diálogo de sordos.

Espero que Pedro Sánchez pueda conseguir que el diálogo se imponga; aún en el reconocimiento de su dificultad. Dialogar no es claudicar, no es ceder al chantaje, no es renunciar a los principios. Dialogar es tender puentes, es ceder, es escuchar, es tolerar, es pensar, es razonar, es convencer, es seducir. El diálogo y el acercamiento deben ser las fórmulas que guíen todas las actuaciones, todas. Rajoy y Puigdemont tienen que dialogar; y si no pueden, o no saben, que dejen a otros. Ni Cataluña ni España se merecen sufrir este fracaso político, y ni mucho menos que sufran las consecuencias de no querer dialogar. Es verdad que hoy es muy difícil; más difícil que ayer; pero si no se hace hoy, mañana será aún más difícil.