CON LA VIDA POR DELANTE

Ángela

Siete días, ciento sesenta y ocho horas, diez mil ochenta minutos, seiscientos cuatro mil ochocientos segundos….

La mirada se pintó de gris. Sus ojos color miel, cercados por un halo oscuro, se acostumbraron a ver lo escondido tras la penumbra. Sus manos se familiarizaron con la humedad del ambiente. En el calor de la respiración encontró el alivio para el frío más intenso y cruel que jamás había sentido.

Entre trastos inservibles, un viejo y sucio saco de dormir y un cubo donde aliviar sus necesidades, pasaron las horas eternas.

“Fui yo…., yo fui la última persona que estuvo en el almacén”. Las palabras se repetían en su cabeza y, con ellas, los hechos que se desencadenaron después.

Fernando la cogió del brazo con fuerza y la llevó en volandas hasta el coche. Tan solo Roberto les siguió implorando clemencia.

Don Fernando, por favor, no haga ninguna locura, ha sido un accidente. Ella no ha podido causar este desastre…es imposible …

De un empujón, Ángela, acabó tumbada en el asiento trasero del lujoso BMW.

En menos de veinte minutos llegaron a la casa, en menos de veinte, Ángela, había llegado a un destino de permanencia indefinida; el sótano de la casa de su tío.

Ajena al terror atávico que la oscuridad ejerce sobre casi cualquier ser humano, llegó a perder la noción de tiempo. Aletargada, pasaba gran parte del tiempo dormida. Dentro de un viejo saco de dormir, acurrucada, helada, llegó a pensar que jamás saldría de allí.

Eran pocos los sonidos que la devolvían al mundo real. Eran pocos los estímulos que le llegaban del mundo exterior. De vez en cuando, algún que otro indicio le contaba que sobre su cabeza vivía un completo extraño. El montacargas era lo único que subía y bajaba con las sobras de la comida del día.

La mañana del séptimo día, con los primeros rayos del sol, Ángela, no soñó despierta. Aquella mañana de un cercano invierno, soñó que volvía a ser niña. La inocente y pequeña Ángela. Vio su imagen borrosa reflejada en un viejo espejo. Pero no tuvo duda alguna, era ella, aunque su mirada y su sonrisa hablaban de otros tiempos. La luz brillaba en sus ojos, en sus labios se pintaba un bello gesto, era feliz.

Ángela, ven,  mi cielo….- la voz aterciopelada de una mujer la llamaba, una voz que le trasmitía esa paz que tanto necesitaba – ven, Ángela, nos tenemos que marchar….- la pequeña se giró hacía la voz que la llamaba…

De repente, un cubo de agua fría la despertó sin contemplaciones. La trajo de vuelta a la cruda realidad….dejando atrás, de nuevo, a la pequeña Ángela.

¡Aséate y vístete!....en cuanto termines ve de inmediato al salón….procura no hacerme esperar…- bramó su tío malhumorado, el cual, se marchó antes de que ella pudiera reaccionar ante semejante atropello.

Extenuada hasta límites que rayaban lo inaguantable, calada hasta los huesos, tuvo que sacar fuerzas de donde ya no se puede sacar más. Un  incomprensible sentimiento de supervivencia la embargaba. Pronto acabaría su pesadilla. Cerca estaba el momento de la ansiada libertad: en breve cumpliría dieciocho años.

Con la celeridad que su estado le permitía, Ángela, se aseó, se vistió y se presentó ante Fernando; juez implacable de una causa que estaba perdida incluso antes de comenzar.

Espero que hayas aprendido la lección…- espetó su tío bajo una espesa nube de humo procedente de un caro habano. Sentado en su butaca favorita, calada tras calada, la miraba como quien mira un despojo. – No creas que aquí ha acabado todo….me has costado mucho dinero, más del que ganarías en tu miserable vida. Recuperar la funcionalidad de ese almacén ha sido realmente costoso y, créeme, me lo pienso cobrar. De una forma u otra – sus palabras ensuciaban el ambiente más que el humo del puro que parecía no tener fin.

A menos de dos metros de distancia, Ángela, creyó morir, se temía lo peor, una terrible sensación la invadió por completo. Las náuseas no tardaron en llegar. Su tío era capaz de todo, de eso no le cabía la menor duda. En la  mente de Ángela una única pregunta se repetía insistentemente, ¿hasta cuándo….?

Trabajarás duro. Muy duro. Pagarás lo que me debes. Todo lo que me debes.  Trabajarás en la imprenta, en mi casa o dónde a mí me parezca…- los ojos de Ángela, taciturnos hasta este momento, se abrieron espantados como si al pronunciar aquellas palabras hubiera sido capaz de ver un pedazo de ese futuro lóbrego y sombrío. Sería su esclava, eternamente-  No pongas esa cara mujer…para mí tampoco es un plato de gusto. Pensé que me libraría de ti en cuanto llegases a la mayoría de edad…tú eres la única responsable de tú destino.

Ángela  quiso desaparecer. Volar lejos. Morir incluso allí mismo, ante la atenta mirada de su verdugo. El penetrante olor de la sala, la sonrisa maquiavélica de Fernando, las cicatrices grabadas en su cuerpo y en su alma….había llegado al límite. Cerró los ojos. Todo parecía dar vueltas, vueltas y más vueltas, tantas que fue imposible mantener el equilibrio. Ángela cayó a sus pies. Tal vez dormida, tal vez camino de otra vida.

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