CON LA VIDA POR DELANTE

El despertar de Ángela

Cuando  abrió los ojos, un amargo regusto en el paladar le dijo que aún estaba viva.

“Estoy viva”, decía en su cabeza, “estoy viva…pero…¿a qué precio?”

Algo desorientada, al principio, no fue capaz de reconocer el lugar donde se encontraba.

Unos minutos después comprendió que estaba en su habitación. Dolorida, intentó levantarse para encender la luz de la lámpara de la abuela. Cuando lo consiguió, la luz mortecina de la vieja bombilla le reveló el verdadero estado de abandono en el que se encontraba. Sus manos, sus ropas, sus cabellos, las sábanas, estaban manchados con los restos de un vómito que no recordaba haber tenido: la dejaron allí, sola, a su suerte.

¿Acaso era tan insignificante?, ¿tan invisible como para no marcar la diferencia?, ¿quién lloraría cuando ella ya se hubiese marchado?

Se levantó, se aseó y cambió las sabanas por unas limpias. Tal y como su carcelero le había dicho,  era la única responsable de su destino y, por ende, de ella misma. Pero lo que Fernando no supo entonces es que sus palabras causaron todo tipo de sensaciones encontradas en Ángela. Algunas de ellas, no eran del calibre que él hubiera deseado alojar en sus pensamientos.

Al despertar, Ángela, abrió los ojos a la vida y al mundo y, en ese mundo, tan solo ella podía decidir. Se negó a seguir siendo un mero títere en manos de un monstruo sin escrúpulos. No sabía cómo lo haría, pero de una cosa estaba segura, en su interior, un resorte, un mecanismo había comenzado una marcha imparable. Había encontrado su camino, y no permitiría que nunca más, nadie, se interpusiese entre ella y el mundo en el que deseaba vivir.

Se recostó de nuevo sobre el camastro, necesitaba descansar, urgía reunir todas las fuerzas que fuesen necesarias para elaborar un plan perfecto.

Pasaron las horas entre luces y sombras, entre idas y venidas a un lugar más allá de la imaginación y, en él, el mismo sueño se repetía una y otra vez. Un sueño inacabado en el que la pequeña Ángela veía su propia imagen sonriente frente al espejo de un pasado tal vez irreal. Un sueño en el que la voz de un ser mágico la llamaba a través del tiempo y el espacio provocando en ella la extraña y distante sensación de ser amada por alguien.

Despertó nuevamente tras cinco horas de sueño reparador. Sentía un apetito feroz. Eso era una buena señal, se estaba recuperando.

En contra de las normas establecidas, salió de su cuarto en plena madrugada en busca de algo que llevarse a la boca. Cruzó el largo pasillo que la separaba de las escaleras, dejando atrás las habitaciones de sus tíos y de su primo. El corazón parecía estar a punto de salírsele por la boca de un momento a otro. Ni siquiera cuando llegó a la cocina pudo respirar con normalidad. Temía ser descubierta. Le horrorizaba la idea de volver al sótano.

Abrió la nevera y cogió lo primero que encontró para volver a su cuarto cuanto antes. Una manzana, un pedazo de queso y algunas lonchas de jamón.

Veo que ya estás totalmente recuperada…- una voz a su espalda la sobresaltó hasta el punto de dejar caer lo que llevaba entre las manos– Al fin podrás devolverle a mi padre lo que le debes. Después de más de diez horas durmiendo ya habrás recuperado las fuerzas.

Ángela se giró comprobando que su primo acababa de llegar. Vestido de calle y con las llaves del BMW en su mano derecha, la miraba con el mismo desprecio con el que acostumbraba su padre.

Ángela trató de mantener la compostura. Cogió los alimentos del suelo y se dirigió hacia la puerta con la intención de desaparecer de escena de inmediato.

- Déjame pasar….- pidió Ángela con decisión al ver que su primo le impedía el paso.

- …pero bueno….- dijo Francisco sorprendido- El sueño te ha sentado fenomenal…te has levantado muy valiente. Aunque, déjame darte un consejo, no te pega nada- añadió desafiante.

- Déjame pasar…- pidió ella nuevamente con más énfasis. Sosteniendo la mirada. Enfadada consigo misma por haberse dejado utilizar por aquel holgazán inútil.

- ¡¿Pero tú quién te has creído que eres?! – sus ojos, llenos de ira, la descuartizaron con la mirada.

- Baja la voz, ¿quieres que tu padre se entere de las horas a las que vienes y de que le has cogido el coche?, no creo que te interese.

- No vuelvas a faltarme el respeto en tu vida. No vales nada. No eres nadie.- alterado, se vio obligado a bajar el tono de voz ante el miedo de ser descubierto.

- El respeto hay que ganárselo y tú, querido primo, lo único que te has ganado es mi indiferencia. – aquellas palabras lo llevaron a un estado que cabalgaba entre la incredulidad y la rabia. Los ojos de Ángela eran puro fuego, de todo su ser emanaba una energía desconocida para él. Algo había cambiado en ella.

- Te arrepentirás de esto, mi padre te lo hará pagar….- acorralado se sintió incapaz de dar más argumentos.

- Haz lo que creas conveniente, que yo haré lo mismo – sentenció ella apartando a Francisco de su camino dejándolo con la palabra en la boca.

Nerviosa, subió las escaleras sintiendo cómo le temblaba cada una de las articulaciones. Ni siquiera, ya dentro de su habitación, sentada sobre la cama, se sintió segura. Habiendo limpiado la comida que se le había caído al suelo, se la comió sin dejar de reproducir en su mente lo que acababa de ocurrir.

Abrumada por la inesperada revolución interior que estaba experimentando, se sintió con fuerzas para pensar en la vida que la esperaba.

Entrando en la página solicitada Saltar publicidad