LAS HISTORIAS DE KUKA

Capítulo LXXXI. Querida Audrey

Cuando era pequeña, gracias a mama pude soñar con ser una princesa que escapaba en una Vespa con un apuesto acompañante, recorriendo las calles de Roma. Con la inocencia de un pajarito que por primera vez escapaba de una jaula, se abrió al mundo una postal de la bella Italia que para siempre se quedaría clavada en mi alma.

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En plena adolescencia, una librera parisina un poco patosa y escondida entre estanterías de libros polvorientos, sacaría a la luz una bella y bohemia chica que cuando bajaba  las escaleras con un vestido rojo  la Victoria de Samotracia hizo una retorcida reverencia hasta el punto de perder la cabeza. 

Contigo viaje hasta Montmartre, probé tu rica Absenta y escribí bonitas poesías en el borde del Sena, soñando con viajar hasta América.

Un croissant y un café dan comienzo a una ilusión tras los escaparates de Tiffany, chica campesina con una maleta llena de ilusiones en la gran manzana, dispuesta a triunfar en el amor, sobreviviendo gracias a las propinas de abuelos adinerados, por visitar un tocador.

Un coche y una carretera, solo dos, el trayecto de la vida y las reflexiones de por qué dos almas aburridas han llegado hasta el final juntas, sin palabras sin hechos, sólo la rutina matadora de bonitos sentimientos abocados al suicidio.

Musa de modistos, también de figurines, elegancia pura, ojos vidriosos, que escondían el hambre de una maldita guerra que dejo sin judíos Europa.

Aclamada estrella, oscarizada, pero también heroína de los más necesitados, a pesar de los dolores cancerosos encaramados en las entrañas.

Cara de ángel y alma de seda. Querida Audrey, musa e inspiración de muchas soñadoras.

Desde el escaparate de la famosa joyería, chocolate con churros, no podré ni comprarme la cajita, se despide esta loca soñadora Kuka.