OPINIÓN

Cuento malo (con descuento). ¡Qué bonito está el pueblo!

Flor roja (foto Pixabay)
Flor roja (foto Pixabay)

Érase una vez, un pueblo muy bonito, con una gente muy buena y muy generosa. Los vecinos (y vecinas) vivían felices, aunque, unos más que otros como suele suceder en casi todos los pueblos.

Como se acercaba el momento de renovar el contrato del vecino que les gobernaba, algunos paisanos (y paisanas) decían: “¡Hay que ver, qué bonito está el pueblo!” y seguían hablando sobre el destino de su voto.

El vecino listo que les gobernaba, se hizo hipnotizador y en cada campaña electoral, daba besos y abrazos a todas (y a todos) regalándoles una jugosa flor de color rojo, para conseguir que le eligieran otra vez y otra más. Derrochaba simpatía y amabilidad para seguir teniendo poder, haciendo mil promesas que los vecinos (y vecinas) creían, porque estaban hipnotizados.

La primera vez que el hipnotizador ganó, se compró un trono nuevo y se marcó el sueldo más alto de toda la comarca y de toda España, mientras recordaba a los vecinos (y vecinas, vecinitos y vecinitas) que podían deleitarse con la fragancia de la roja flor y, así seguirían hechizados con la cantinela de su bonito pueblo, mientras el vivo hipnotizador se embolsaba el dinero de todos, poco a poco, consiguiendo que los vecinos (y vecinas) quedasen flaquitos (y flaquitas), mientras él aumentaba su enorme hucha.

Pasaron algunos años y como el vivo era además, un poco ambicioso, pensó que también podía rascar algo en Madrid, cosa que le llenaría de orgullo, y dejando bien vigilado el trono del pueblo, se fue a plantar sus excelentísimas posaderas en un trono de la capital de España. Mientras lucía su orgullo como un pavo real con la cola multicolor, su vanidad crecía tanto como su poder y como sus bolsillos.

 Algunos días de los que volvía al pueblo, vio otro sillón vacío y, comprobando que podía hipnotizar también a los agricultores (y agricultoras) del pueblo, allá que se fue con su ramo de flores. Como tenía tres asientos en los que apoyar sus excelentísimas posaderas, cuando menos lo pensó le salieron algunas hemorroides al pobre, pero los vecinos (y vecinas) no lo sabían, como tampoco sabían otras muchas cosas que los espías secretos (y las espías secretas) hipnotizados (e hipnotizadas) le contaban al poderoso gobernante que, aunque era diestro, él decía que era zurdo y mostraba sus flores de color rojo con la mano izquierda. Llevaba toda la vida vistiendo de rojo y parecía que le sentaba muy bien, aunque en su juventud dudaba mucho sobre el color que le sentaría mejor, pero acertó con éste y, cambiar la diestra por la zurda, le había proporcionado muchos beneficios.

Un día, alguien le dijo “quien mucho abarca, poco aprieta” y entonces se hirió su grandísimo orgullo y explotó su ira y no paró hasta dejarle arruinado, ayudado de sus amigos secretos y amigas secretas; este alguien encontraba las puertas cerradas cuando necesitaba alguna cosa porque todos (y todas) tenían miedo del malvado y orgulloso hipnotizador. Y como este alguien perdió todo, excepto su dignidad, por haberse acercado demasiado a la fragancia de la flor, limpió su nariz con un sencillo pañuelo y ¡Zas!, se deshizo el hechizo y comprobó que dentro de la preciosa flor, había un gusano asqueroso y repugnante, que no la flor, sino el gusano, era el causante de la hipnosis. Algunos vecinos limpiaron también su nariz y deshicieron el hechizo, sufriendo las consecuencias de la ira del déspota hipnotizador, razón por la que acudieron a ver al juez (o jueza) y, aunque no les hizo mucho caso, el hipnotizador muerto de miedo, contrató un guardaespaldas para que le apoyase; súper-abogado de profesión y, con el dinero de todo el pueblo, pagaba muchos y caros abogados (y abogadas caras), amigos (y amigas) del guardaespaldas, para que le defendieran de sus fechorías.

Los hipnotizados vecinos (y vecinas), ignorantes de que muchos paisanos (y paisanas), estaban soportando a tan cruel y poderoso hombre, se preparaban para ir a elegir gobernante, sin conocer el interior de las flores que habían plantado en sus macetas, como tampoco conocían el interior del Ayuntamiento que llevaba muchos años sin limpiar, lleno de bichos y de suciedad debajo de las alfombras, muchísimo polvo y los armarios muy desordenados y la instalación eléctrica obsoleta y sobrecargada, aunque con las flores muy bien atendidas.

Entonces, alguien les dijo: Queridos amiguitos (y amiguitas), ¿No es hora de hacer limpieza? La higiene es muy necesaria, porque sin darnos cuenta, los bichos se apoderan de nuestras vidas. Así que, los vecinos (y vecinas) decidieron limpiar su bonito pueblo, empezando por tirar a la basura las hipnotizadoras y ya mustias flores rojas, de las que estaba lleno el Ayuntamiento del generoso pueblo, ahorrando muchísimo en el ejército de jardineros que se necesitaba para regarlas.

Moraleja: Hay que ventilar cada cierto tiempo para renovar el aire viciado y además, limpiarse la nariz.

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