OPINIÓN

Por un trabajo digno en una sociedad decente

El 7 de octubre se celebra la jornada mundial por el trabajo decente. Numerosas organizaciones sociales y eclesiales, en España y en el mundo, se suman a esta celebración. Para la Doctrina Social de la Iglesia y para la HOAC la dignidad de la persona es sagrada y todo el ordenamiento económico, social, político, cultural y religioso debe descansar sobre este principio.

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En esta concepción de la vida, de la persona y de la sociedad, el trabajo humano desempeña un papel capital, pues no solo es el medio que posibilita su sostenimiento y el logro de los bienes necesarios, sino que el trabajo es la actividad que desarrolla y manifiesta de manera preferente la vocación humana y contribuye al avance de la creación y a la construcción de un mundo basado en la verdadera fraternidad y comunión entre sus seres.

Desgraciadamente la realidad vigente no es así y el trabajo es cada vez más precario e indecente. El sistema económico dominante lo ha convertido de enriquecimiento de unos pocos y de productividad a cualquier precio, vaciándolo de su verdadero sentido y robando la dignidad al trabajador y a su obra. El resultado es inhumanidad y destrucción crecientes expresadas bajo diferentes formas como explotación, pobreza, desigualdades, distanciamiento norte-sur, migraciones forzosas, trabajo infantil y esclavo, paro y exclusión, leyes represivas y xenófobas, destrucción de la creación…: en el mundo 80 personas poseen la misma riqueza que 3500 millones de personas; en España, aunque se está creciendo, aumentan los trabajadores pobres y se sustituyen progresivamente trabajos estables y con derechos por trabajo temporal y precario.

En este 7 de octubre reivindicamos, una vez más, como recuerda Benedicto XVI en Caritas in veritate, una economía al servicio de la persona, un trabajo decente y condiciones de vida dignas para todas las personas y familias, un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: “un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación”. (Caritas in veritate, 63)

Es, por tanto, imprescindible poner en primera línea de las agendas de nuestras organizaciones la necesidad de un trabajo decente para todas las personas.

Debe estar en la agenda política, en las agendas de las entidades sociales y empresariales y en nuestras agendas personales. Y también en las propuestas de nuestra Iglesia. Se trata de que el trabajo sea lo que debe ser.

Como dice el Papa Francisco: “No hay peor pobreza material que la que no permite ganarse el pan y priva de la dignidad del trabajo”. “El desempleo juvenil, la informalidad y la falta de derechos laborales no son inevitables, son resultado de una previa opción social, de un sistema económico que pone los beneficios por encima de la persona”.