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Notas desde la barrera. Cap. XIX: Paisaje después de la batalla

Juan Manuel Palomino Ramírez (@jmpalominovalde) | 05 de enero de 2016

Después de cada gran batalla, el campo siempre queda sembrado de cadáveres y quizá vislumbremos también un ganador paseándose por los restos mientras luce una sonrisa lobuna en sus labios. Y todo esto es lo que puede verse después de que este domingo las CUP decidieran que Artur Mas no iba a ser investido, algo que abocaba a Cataluña a sus cuartas elecciones en 5 años.

El primer cadáver con el que nos encontramos es, naturalmente, el del propio Mas. Y por su rictus vemos que ha sido sometido a una muerte política deliberadamente lenta, humillante y artera. Claro que en gran parte la culpa es suya por haberse puesto en manos de una muchachada que hace gala de radicalidad. Las CUP le han dado la puñalada haciendo honor a su ideología que, entre otras cosas, significa no ser pragmáticos en absoluto. Y es que sólo un ingenuo o un desesperado puede poner su dignidad en almoneda para lograr su último objetivo político, que como todo el mundo sabe era seguir en una loca huida hacia adelante con tal de evitar un casi seguro procesamiento y una cantada condena. Sí, Mas está muerto. Pero siempre hay que añadir a esa frase la coletilla “por ahora”, porque si algo caracteriza al “Molt Honorable” es su capacidad de reinventarse y asumir lo que haga falta con tal de sobrevivir. Quizá descubramos dentro de poco que no estaba acabado en absoluto y que sólo estaba haciéndose el muerto, porque si algo lleva forjado a fuego este gran superviviente es que todo el que hoy huye vive para luchar mañana.

El segundo cadáver es el de la propia CUP, que en las próximas elecciones será sin duda fagocitada por la marca blanca de Podemos en Cataluña. Y al igual que el anterior cadáver, gran parte de la culpa también será propia. Este grupo de antisistema y anticapitalistas han tardado 3 meses en decidir no tomar ninguna decisión. Desde el increíble empate de la asamblea hasta la tensa reunión del domingo se ha visto con claridad que están formados en gran medida por un grupo de gente idealista sin sentido alguno de la realidad y con un claro “Complejo de Peter Pan”, ese síndrome que hace que el sujeto afectado se niegue a crecer. Y como no podía ser de otra manera, han hecho honor al principal rasgo de su adolescencia, que sin duda no es ni la inexperiencia ni la intrepidez: es la cobardía. Como consecuencia de todo lo anterior, nos encontramos al lado con el cadáver político de Antonio Baños. Su renuncia al acta de diputado refleja su derrota frente al sector liderado por Anna Gabriel. Como muchos dicen con sorna, ha ganado el ala murciana de las CUP, haciendo mención al origen de la madre de la diputada de estrafalario peinado. No se le puede negar sin embargo la coherencia a Baños, que dimite al ver derrotada su opción pragmática frente al idealismo de su compañera. Y digo idealismo en la peor de sus acepciones, naturalmente.

Si seguimos paseando por el campo de batalla, nos acercamos a los cadáveres de mayor importancia. Y el siguiente que vemos es el del propio “Procés”. Su cara refleja que lo ha matado el ridículo tan espantoso al que ha sido sometido por parte de Mas y las CUP. Y es que tal conjunto de despropósitos hacía mucho tiempo que no se veía. Como decía José Antonio Montano en Twiter, “A los independentistas catalanes sólo les ha faltado una cosa para conseguirlo: dejar de ser chapuceros españoles”. Costará mucho que el catalanismo político, esa ideología a la que sólo se le conocen derrotas, logre librarse del tufillo de chapuza, sainete y esperpento con el que lo han envuelto aquellos que deberían haber velado por su éxito. No es que antes tuvieran grandes oportunidades de conseguir sus fines, pero es que ahora nadie podrá tomarse en serio una ideología y una reivindicación que ha pasado por unas vicisitudes que sólo pueden verse en el más loco guion de un demente. Quizá, como le ha pasado a las reivindicaciones independentistas de Quebec y Escocia, sea mejor así para ellos. Con el tiempo podrá olvidarse todo y reaparecer con esa aura romántica que caracteriza a todos los procesos cíclicos.

Y nos acercamos al último cadáver, el de la “Gran Coalición”. Qué duda cabe que lo ocurrido en Cataluña aleja de momento el fantasma de una secesión, y con eso se difumina casi lo único que podría unir a los 2 grandes partidos para formar gobierno. Ahora las posibilidades de que PP y PSOE puedan llegar a un acuerdo de investidura se quedan en nada, y también nosotros nos veremos abocados a unas nuevas elecciones a final de mayo. Tiene gracia que las CUP, ese grupito de románticos idealistas con algo más de 300.000 votos, hayan conseguido que todo lo pasado en Cataluña y el resto de España en los últimos 3 meses se haya quedado en un ejercicio de fuegos artificiales. Pero esto es lo que tiene el sistema electoral español, que a algunos les da la llave y a otros el cerrojo, y a veces no logran encontrarse.

Frente a toda esta desolación, sobresale la figura de la única ganadora: Ada Colau. Seguidora en estado puro de Maquiavelo, se erige en la gran triunfadora de una contienda en la que no ha tenido que hacer nada. El producto que vende es un referéndum pactado con el Gobierno Central (al contrario de lo que quieren las CUP, que es un referéndum unilateral), y sabe que su clientela se lo comprará sin dudar. Sabe también que ese referéndum jamás será aceptado por PP, PSOE y Ciudadanos, con lo que logrará matar dos pájaros de un tiro: por un lado aparecerá como partidaria del derecho a decidir, y por otro podrá culpar a la casta y al inmovilismo de que ese referéndum no se celebre. Junto a ella, un sonriente Pablo Iglesias contempla el panorama mientras se relame y se frota las manos. Podrá ver cómo su marca blanca se erigirá en la primera fuerza política en Cataluña y poco después tendrá la oportunidad de culminar el colosal “sorpasso” al PSOE en las elecciones generales. Sí, todo sonríe a “coleta morada” y sus acólitos, que con una increíble demostración de buena estrategia y mejor suerte van a conseguir lo que no hace tanto las encuestas les negaban.

En la gran montaña rusa de la política, en la que tan pronto estás en lo más alto como desciendes al pozo de la irrelevancia, todo puede pasar. Pero ya nada será igual después de la batalla de este fin de semana, librada casi toda por los miembros de la CUP y en la que las víctimas y los vencedores miraban lo que se decidía en un pequeño centro cívico de Barcelona. Y a mí sólo me queda añadir: pobre Cataluña, pobre España.

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