- ¡Deteneos! –gritó Juana, desafiante, desde lo alto de su pedestal.

- ¡Dejadnos pasar! Venimos en son de Carnaval –respondió la Reina, amistosa, desde su carroza.

- No quiero armas ni dragones.

- Nuestros cañones son la música y el baile. Nuestro fuego, la alegría.

- En ese caso podéis pasar. Las aspas del Molino traen buenos vientos. Cantad y bailad por las calles de mi pueblo.

- Tranquila, que no quedará rincón en el que no rebose jolgorio.

El confeti y las serpentinas colorean la calzada. Las aceras bailan al ritmo machacón de los bafles. La ciudad entera se mueve siguiendo las coreografías de las comparsas. El público aplaude a los más originales y se ríe con los más ocurrentes, mientras los niños… los niños se asustan con los más tétricos, que los hay. Buen cachiporrazo debería haberles pegado Juana al pasar.

La Puerta del Vino es testigo. Ya sea por las Saturnales o bien por las Lupercales, sus toneles se agitan viendo el desfile llegar.

- ¿Los ves Aldonza? Ya vienen por la avenida con plumas, sombreros y contoneos.

- No hija, yo no veo nada… ¿o no te acuerdas que a mí me pusieron mirando hacia el Este?

- Pues pídele al Ayuntamiento que nos cambien cada quince días, como el estacionamiento.

- Hay que ver qué guasa gasta esta Dulcinea…

Ya se sabe: en Carnaval, todo pasa.

A mi lado izquierdo