Hace unos días, paseando por la calle, me para un amigo y me dice: ¿Dónde está el PSOE? No es la primera vez que me pasa. Llevo tiempo palpando esa inquietud. Se respira en el ambiente. Quien lo niegue es que no se atreve a decirlo claramente, o es que se ha puesto una venda en los ojos para no ver lo que no quiere ver, lo que no le interesa ver. Si a esta pregunta le unimos una guerra, cada vez menos soterrada, que se vislumbra en las redes sociales, de Susanistas contra Sanchistas, se alimenta la desafección; una sensación de tristeza e impotencia.

Sí. Yo también me pregunto: ¿Dónde está el PSOE? Cuando escucho las mentiras, las falacias que se monta este Gobierno, echo de menos a un PSOE que salte de inmediato a desmontarlas. Cuando veo las consecuencias, cada vez más evidentes, de las políticas de desigualdad y corrupción, echo en falta una socialdemocracia que proponga remedios urgentes. Cuando veo crecer un partido nuevo sin ideología, que nada en la ambigüedad, y que no tiene otro discurso que defender la unidad de España, me pregunto: ¿por qué no es el PSOE el que crece? Con este panorama es el PSOE el que tenía que estar liderando las encuestas.

Echo de menos ese PSOE que supo cambiar las estructuras económicas, políticas y sociales en los años ochenta y poner fin a muchas décadas de retraso. Echo de menos ese PSOE protagonista de un cambio en el partido, en España y en Europa. Echo de menos ese PSOE que supo inaugurar el siglo XXI con las medidas de igualdad más avanzadas del mundo occidental. Echo de menos ese PSOE que se ha distinguido a lo largo de la historia por una ideología y unas actitudes que hacen corregir el rumbo de los ciudadanos hacia su desarrollo, hacia su bienestar.

¿Y por qué? Pues eso: Ideología y actitud. Las dos insignias distintivas que se han difuminado. El ciego error de que las elecciones se ganan en el centro, ha conducido al abandono de la propia identidad; el ciego error de que por pragmatismo no hay que enfrentarse enérgicamente a posiciones más liberales que sociales. La interesada inercia que ha arrastrado a muchos dirigentes a pensar más, en su bolsillo, en su futuro, en su recolocación, que en proponer las fórmulas que la sociedad demanda para acabar con la desigualdad y la corrupción. Ahí debe estar el PSOE, y no está.