El futuro no lo veo nada claro. Aquí ha habido dos partes muy enfrentadas. Enfrentadas porque han pensado que el enfrentamiento favorecía a sus propósitos. Inmoral, pero así ha sido. Y lo que es peor: sigue siendo. Ahora deberían hacerse la pregunta: ¿Merece la pena? Y lo que es peor: ¿Cómo piensan salir de ahí?

Desde el independentismo catalán, los que lo iniciaron sabían que no era posible. Sin embargo, alimentaron a los suyos, con la falsa esperanza de que una república independiente catalana era posible. Con el falaz mensaje de que “España nos roba” se lanzaron a una campaña sin un plan prediseñado. No podían, porque sabían de sobra que no lo iban a conseguir, que no se podía conseguir. El objetivo sí estaba muy diseñado. Por una parte se tapaban, la corrupción, y las políticas de recortes que han sumido a Cataluña en la peor etapa de su historia. Y por otra parte lograban aumentar el número de independentistas. Lo han conseguido; pero ¿Son conscientes del precio que han pagado…, que están pagando?

En frente el bando patriotero españolista, que no ha buscado otro objetivo que conseguir cuatro indecentes votos. Empezaron con la puesta de mesas petitorias para recoger firmas contra el Estatuto de Cataluña, y continuaron, y continúan, con una campaña sembrando catalanofobia; incluso compitiendo con la extrema derecha en Andalucía para ver quien muestra más dureza. Un mensaje simplista, basado en falsedades, mostrando dureza contra los que quieren “romper España”. Convencidos claro de que así ganan votos en el resto de España. Pero a costa de que cuanto más duro sea ese mensaje más aumenta el independentismo. Se lo están regalando.

Podríamos poner un puntito de optimismo. ¿Cómo? De la única forma posible. Buscando fórmulas de buena convivencia. Hay que apartarse de los impresentables dirigentes del independentismo, y de los no menos impresentables, que desde fuera de Cataluña buscan votos sembrando odio hacia Cataluña. Estoy con nuestro presidente García-Paje cuando dice que Cataluña ha tenido, y tiene la admiración y el respeto que se merece una región acogedora, símbolo de modernidad; una región avanzada y vanguardista. Los catalanes, como todos los españoles nos merecemos que alguien tienda puentes de diálogo y normalidad para una deseable convivencia.