Las dos sesiones del debate de investidura celebradas el sábado y domingo pasados, han dejado ver con toda claridad que el problema no es Bildu, ni Esquerra, ni los bolivarianos, no, no, nada de eso. El problema es Sánchez, el problema es que tiene todas las papeletas para que se convierta en el presidente del Gobierno de España. Y eso no se puede consentir. Pero tampoco es porque va a llevar a España a la ruina. No. No es por eso tampoco. Hay razones más profundas, y ninguna confesable.

Unos se oponen porque se creen poseedores de una ideología patriótica que les impide concebir que gobiernen otros que no sean los suyos. No conciben que pueda gobernar otra gente alejada de sus convicciones ancladas desde hace siglos. Y otros se oponen porque se les acaba el chollo. Con un gobierno de coalición entre PSOE y Podemos, se corre el riesgo de terminar con una situación de privilegio de la que disponen cuando gobiernan; temen perder el manejo de todo: los medios, la justicia, los dineros, la educación, la sanidad, los impuestos; temen que se acaben las privatizaciones que solo consiguen desigualdad, precariedad, pobreza y corrupción.

Lo que se ha dejado traslucir en estos dos días de debate es que si la izquierda logra formar gobierno, la oposición va a ser un negacionismo continuo. Si el día siete, no aparece un “nuevo tamayazo”, -ya solo falta eso-, y Pedro Sánchez es investido presidente, al día siguiente empezaremos a oír: “Váyase Sr. Sánchez” “Vd. traiciona a los muertos”. ¡Ah! Y pronto empezarán a llover querellas en los tribunales. De todo.

Pero vayamos al terreno de la esperanza. Es irresponsable, e incoherente haber estado pidiendo a los terroristas durante años, que abandonen las pistolas, que defiendan sus ideas con la palabra, y cuando lo hemos logrado los tratemos como personas que apestan. No. Sus escaños son tan legítimos como los demás. Los demócratas estamos obligados a escucharlos, respetarlos y si se considera, oponerse con la palabra. Con el nuevo gobierno podemos albergar la esperanza de que la política vuelva a la tolerancia, a la concordia, a la convivencia en paz; y que las políticas de los más desfavorecidos vuelva a ser el eje fundamental de las actuaciones del Gobierno. Podemos, tenemos derecho a soñar con esa esperanza.