Resurrección (Copiar)

Siempre durante la Semana Santa, como también durante la Navidad, Occidente, que pese a quien pese respira un oxígeno cristiano de modo inevitable, aunque ya falten navetas e incensarios, se topa con el rostro misterioso y desconcertante de Jesús. Y es que la Pascua y la Navidad son buenos momentos para explorar e interrogar ese rostro de Jesús. La cristología crítica vio en Jesús un héroe humano deificado, como Alejandro o César. Esta corriente la puede ejemplificar por derecho propio Renan. La cristología mítica hizo que Dios se humillase hasta convertirse en hombre, la más querida de sus criaturas, sin por ello dejar de tener el poder y la autocofianza de un Dios. Esta corriente la puede quizás ejemplificar Karl Barth. Pero ambas corrientes contrarias no nos revelan el misterio de Jesús, ni paradójicamente sumadas. Ni el rostro de Jesús puede disolverse en el rostro de la humanidad sufriente (ebionismo), ni Jesús-Dios sólo ha sido una apariencia de la carne (docetismo), un juego o malabar de un Dios que hace trucos a sus criaturas, sino que el misterio del hombre ha llegado en Jesús hasta el infinito.

Hay quienes han recitado el Credo poniendo la palabra “Humanidad” en donde nosotros decimos “Jesucristo”. Estaban equivocados. La excelsa singularidad de Jesús responde toda ella a una existencia sobreabundante. Jesús no es un profeta que trae un mensaje en el que está la clave para acercarse al umbral que lleva al Reino de Dios y abrir la puerta. No tiene la función de Juana de Arco o Francisco de Asís que abren un camino. El mismo, dulcis hospes animae, es la meta, la puerta y el camino de nuestras ansias. Jesús es singular porque supone un elemento eterno insertado en este mundo temporal histórico. Lo eterno y lo temporal se encuentran en esta única singularidad que es Jesucristo. Desde entonces nuestra historia ha sido penetrada por el misterio eterno. Y nuestra fe no se refiere a Jesús, sino sobre todo al Jesús que ha resucitado. Hay quienes políticamente interesados, los más peligrosos debeladores de la Iglesia, identifican el rostro de Jesús con los pobres y desgraciados, el mejor instrumento moral que ha existido para construir Estados totalitarios y acrecentar precisa y exponencialmente la pobreza y el sufrimiento humano, queriendo confundir adrede el rostro de Jesús con la causa moral de Dios, que ve en los nigilotes y sufrientes sus hijos predilectos, por ser quienes más cerca están del umbral de la salvación, horros de bienes temporales y desnudos de soberbia. Pero todos, a la postre, somos desgraciados y estamos esencialmente tristes en nuestra finitud irremediable.

La Iglesia nos ha dado el texto de los Evangelios y nos invita a juzgarlo, no por medio de la filología, de la exégesis, de los descubrimientos arqueológicos, de las confrontaciones, etc. – aunque estaría muy bien que los sacerdotes y los obispos volvieran a ser capaces de leerlo en griego y latín-, sino que ese texto solo, ese texto aislado es el que debe proporcionar a todos hombre una respuesta, porque todo hombre debe ser capaz de captar en él un no sé qué que no existe en otras partes. Es lo mismo que pasa en las verdaderas obras de arte. Se las puede estudiar de manera técnica; pero si la obra está bien lograda, si es verdaderamente una obra maestra, entonces el hombre ordinario, sin necesidad de información ni comparación alguna, se dará cuenta de que tiene ante sí una cosa bella que le habla por sí misma. En una obra de arte hay una verdad humana, poética, cósmica, expresable e inefable a la vez. Y a esa verdad se la puede alcanzar de una manera que no depende de nuestros gustos individuales.

Cristo ha sido quien en este planeta ha comunicado al espíritu puro de los griegos y al espíritu duro de los judíos esa finura de trabajo que proporciona sangre e inteligencia, y que es lo que se llama corazón.

Frente al Jesús Resucitado los escépticos afirman que no se puede tomar por bueno el testimonio de los que creen favorablemente en su propio testimonio, lo cual nos lleva a una aporía imposible de resolver. Ya Fontenelle decía antaño: “El testimonio de los que creen en un enunciado no tiene ninguna fuerza para apoyarlo; pero el testimonio de los que no creen en el mismo tiene fuerza para destruirlo: se concibe que los que creen no se hallen instruidos en las razones para no creer; pero difícilmente se concibe que los que no creen no se hallen instruidos en las razones para creer.” Pero nosotros creemos en la verdad que mora en el testimonio de los que lo vieron Resucitado. Los Evangelios se nos presentan como actas de comprobación, sólo hay que traducir para verlo el comienzo del evangelio de Lucas, escrito en un griego exquisito, preciso y armónico y de acuerdo al retoricismo propio del género literario de la “histôría”: “Puesto que ya muchos han intentado escribir la historia de lo sucedido entre nosotros, según que nos ha sido transmitida por los que, desde el principio, fueron testigos oculares (“autoptaí”) y ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de informarme exactamente de todo desde los orígenes, escribirte ordenadamente, óptimo Teófilo, para que conozcas la firmeza de la doctrina que has recibido.” Desde luego no se puede afirmar con términos más explícitos que ese escrito es histórico, en el sentido más moderno ( y clásico ) de la palabra. En cuanto al último Evangelio, el de Juan, el discípulo amado no para de decir “Yo he visto”, redoblando su afirmación en “Yo he visto y doy testimonio”. El testimonio es un acto humano que tiene a la fe como consecuencia, no como principio. El testimonio es el punto más elevado de la vida de la mente, cuando la mente se encuentra ante el ser, no ante el ser entendido en sentido abstracto, sino ante el ser singular temporal, ante el ser personal verdaderamente existente, es decir, implicado en una carne y en una “histôría”, y toda historia, etimológicamente hablando, es historia contemporánea, en cuanto que “histôría” remite al verbo griego que significa “ver”. Los estudios de los estratos redaccionales de los Evangelios cada vez subrayan más la idea de actas de comprobación. La Resurrección no es el punto final del Evangelio, sino la envoltura en la que todo el Evangelio se halla depositado y descansa. De un fracaso tan completo como el de la cruz no se puede hacer el origen de nada: un culto no puede nacer de la contemplación de un cadáver lastimero. Hay algo en su origen muy distinto al de una muerte súbita y sangrienta, algo misterioso, clandestino, operante y viviente, como columna básica del nacimiento del cristianismo: la Resurreción del Maestro.

Curiosamente todos los evangelios presentan un rasgo sumamente extraño y misterioso: de momento los discípulos no reconocen al Maestro. Si los evangelistas hubieran querido engañar sobre la Resurrección de Cristo no hubieran dicho que de entrada María Magdalena confundió al Resucitado con un hortelano, Pedro tampoco reconoció de primeras al Señor, a pesar de que había vivido con tanta familiaridad con Él, los discípulos de Emaús tampoco lo reconocieron hasta que se desvaneció su presencia. No se identifica al Aparecido con Jesús de forma inmediata, sino tras un proceso de perplejidad. Tomás tuvo la oportunidad de tocar su cuerpo y sus terribles heridas de la cruz. Esta dificultad en reconocerle se funda en una singularidad del fenómeno: nadie de nosotros tiene memoria de haber reconocido alguna vez a un Resucitado de la muerte. Esta dificultad – impropia para conseguir adeptos – es la prueba definitiva de la verdad tremenda de la Resurrección de nuestro Señor Jesús.