Todas las noches sueño contigo pero la pasada, tuve una sensación especial y pensé que estabas a mi lado, creyendo haber notado tu aliento, tu calor. Adivino que a mi edad no venías a hacerme arrumacos ya que, como comprenderás, la urgencia de la pasión apenas son recuerdos de nuestra juventud y al final, nuestro matrimonio era sobre todo ternura y cariño.

Hace ya algunos años que te fuiste pero entre los dos sigue vigente la complicidad. Sabes de sobra que, aunque nunca lo hayamos hablado, después de las dudas de nuestros primeros años de matrimonio y a pesar de alguna que otra discusión o algún desencuentro, fuimos juntos en todo. Cuando llegamos a la plenitud sólo con mirarnos sabíamos qué pensaba el otro sobre una situación determinada. Un guiño, una mueca o una sonrisa nos servían para saber que nuestro compromiso era definitivo.

No te lo creerás, pero allá donde estés siempre te tengo en mi cabeza. Por si no lo sabes o por si no me escuchas, yo siempre te tengo presente, por eso, aunque sin el ruido de las palabras te hablo todas las noches. Te refiero lo que me ha pasado en la jornada y sobre lo que sucede a mi alrededor, me confieso, me sincero y te cuento sobre nuestros hijos.

Son buenos muchachos y aunque los hemos educado lo mejor posible no acabo de entender que me hayan traído aquí, que me hayan alejado de sus vidas, que me hayan aparcado como un trasto viejo y que ya no cuenten conmigo para nada. Ellos alegan que apenas tienen tiempo para visitarme porque deben ocuparse de los nietos. De vez en cuando aparecen y me presentan a un nuevo miembro de la familia, yo, que todavía tengo lucidez suficiente, sé cuantos retoños nos suceden, y comparo su fragilidad infantil con la mía, pero la mayoría de mis compañeras no los conocen o han perdido la cuenta de su descendientes. 

Cuando nos dejaste delegué muy pronto mi futuro en sus manos y, éste, está siendo muy largo, incluso para ellos. A pesar de mis muchos años tengo una salud de hierro y en la residencia se sorprenden de que apenas tenga prescritas un par de pastillas diarias.

Ya sabes que siempre he sido mujer de pocas palabras y ahora, entre lo sorda que estoy y lo que no quiero oír, apenas me entero de nada de lo que sucede a mi alrededor. Bueno eso y que el egoísmo que noto en el entorno hace que me encierre un poco más en mis obsesiones, pero ojo, nada se me escapa, sólo me callo, esto que te acabo de contar puede ser una contradicción pero sé que tú me comprendes.

Me reprochan que a pesar de lo bien que estoy apenas tenga un gesto de alegría o palabras amables. Es verdad que de mi boca salen expresiones tristes y mustias como "qué pena" o "ay dios" pero me salen instintivamente, sin querer, surgen ante la situación que soporto, por eso prefiero el silencio, que me aísla del ruido de fondo, del murmullo, del cotilleo a mi alrededor.

Mi fuerza interior hace que me rebele ante mi torpeza física, ante mis achaques y saco el genio que siempre tuve y que tu conociste muy pocas veces.

Pensarás que contándote esto noche tras noche estoy amargada y no es así, bueno te confieso que estoy un poco desencantada sobre este final de mi vida, pero también quiero decirte que hay otras muchas cosas positivas y bonitas que me animan a superar el día a día.

Aunque apenas se aprecie en mi estado de ánimo o se refleje en mi rostro, doy gracias cada día por vivir. Ya sabes que nunca fui comilona, que el mejor plato era para nuestros hijos y para ti, que te mataste a trabajar por nosotros, pero ahora disfruto con un simple puré, con una rica sopa castellana, con un arroz caldoso, con saborear un yogur o comerme una pera blandita y, después, relajarme tumbada en la ligera siesta.

Como siempre he sido muy friolera me satisfacen cada día esos rayos del sol que me calientan y me anima esta primavera que ya se adivina con el trino de los pájaros. Percibo con mis torpes ojos que los árboles que rodean la residencia se han cubierto de hojas, algunos días salimos un ratito a pasear y respiro el aire como quien aspira tiempo, aunque no sé para qué, porque mi tiempo se ha cumplido y modestamente creo haber colaborado en hacer el bien a todos aquellos que me han rodeado.

Resulta duro este final del viaje, un camino que me hubiese haber recorrido junto a ti, aunque de alguna forma ya lo hago porque siempre estás conmigo en mi memoria. Pero la vida es así, las mujeres somos más longevas y nadie tiene una clara explicación sobre esta realidad. Somos más fuertes para recorrer el duro trance de la vejez, pero aun siendo una carga pesada, opino que, si has conseguido la paz contigo misma y has sido honrada en tu actitud vital creo que se hace más llevadero.

Esta noche no tengo más que contarte, debe ser muy tarde y voy a ver si concilio el sueño que mañana el día será largo. Un beso Luís y aunque no sé por donde andas ahora, ni donde sucederá nuestro encuentro, espérame donde estés para pasar la eternidad juntos.

Cinco mil años/ y aún estoy por tus huesos/ respirando tu olor/ Cinco mil años/ y aún me saben tus besos al sabor de los besos/ que se dan con sabor/ nos protegió la primavera con una sábana de flores/ y en el otoño de hojas secas melancolía en los colores/ Cinco mil años/ y no pudo ni el tiempo a través de los tiempos/ eludir la pasión/ y nos encontrarán/ y sabrán que alguien te amó/ el devenir será testigo/ de cómo al hilo del amor/ viví una eternidad contigo...etc  (Pedro Guerra)