Ahora la Navidad es.... otra cosa

Regalos Navidad
Regalos Navidad

O quizás no, serán los tiempos o las modas las que me hacen creer que esta época es distinta, diferente de aquel periodo de mi niñez y adolescencia. Será quizás que al pasar de los años mi opinión sobre esta festividad tan importante ha cambiado, no lo sé.

Lo cierto y verdad es que, a estas alturas de diciembre, las paredes de mi casa siguen limpias, despejadas de adornos y floripondios típicos de estas fechas. El belén sigue guardado en alguna caja en el trastero, esperando que algún año y con la llegada de los descendientes vuelva a ilusionarme para montarlo. Las bolas y los espumillones los tengo localizados, seguramente cualquier día de estos antes del sorteo de la lotería mi santa se anima a adornar discretamente la casa, no vaya a ser que las visitas y los vecinos piensen que somos unos raros.

Por lo demás uno tiene la sensación de que apenas han cambiado las rutinas sobre estas jornadas. La Navidad se ha convertido desde hace muchos años en una colección de tópicos, eso si, unos hábitos repetidos por la imposición del calendario y el bombardeo publicitario.

Cada añada que pasa me repatea más el buenismo y la caridad impostada al que incitan u obligan los medios de comunicación en estas fechas. Navidad debería ser cada momento para aquellos que siguen parados, para los que tienen trabajos precarios y mal pagados, para todos aquellos que visitan cada semana el ropero de la parroquia. Para los que acuden diariamente a los comedores sociales o para los que recogen en las diferentes instituciones el carro semanal de la compra.

Siempre ha habido clases y las seguirá habiendo, lo lamentable es que aumenten las diferencias y las desigualdades. En Navidad esas escalas sociales siguen siendo más visibles, para algunos un plato de langostinos será una extravagancia propia de las fechas, una salida de tono en la rutinaria y monótona alimentación diaria. Para otros su máxima aspiración será comer la delicatessen más rara y excéntrica, un platillo exquisito, pero sobre todo que sea caro, carísimo, para que los demás observen lo bien que nos va.

Ya apenas tenemos nada que objetar sobre el sentido religioso de la celebración, ese sentimiento íntimo y solidario al que nos invita la fe pertenece a muy pocos. El capitalismo y el mercado se han encargado de anular o esconder la tradición en aras del consumo compulsivo.

A pesar de ser un país mediterráneo y con una larga trayectoria cristiana, ahora celebramos también y, quizás con más énfasis, tradiciones claramente anglosajonas. Debemos celebrarlo todo para comprar más con la excusa del regalo. Para ello se iluminan avenidas y escaparates, aún así, podemos apreciar que en las calles del centro de la ciudad las luces brillan más que las de cualquier extrarradio.

De un tiempo a esta parte los artículos tecnológicos son el tótem del consumo, móviles, tablets, cámaras, ordenadores etc... son objetos muy demandados. Le siguen las colonias, fragancias singulares, pero muy caras. Después vestuario que quizás no lleguemos ni a ponernos y por último la alimentación. El gasto en productos culturales aunque aumenta cada año, pero sigue siendo mínimo comparándolo con otro tipo de artículos.

Las estadísticas económicas dicen que cada ciudadano nos gastaremos una media de taitantos euros, somos uno de los países europeos que más gastan en navidad.

Asistimos a comidas y cenas de empresa para reconciliarnos después de un año cargado de rencillas con los compañeros, o para demostrar que nuestra aversión al encargado o al jefe son agua pasada. Después, a mediados de enero, volveremos a ser nosotros mismos, como antes, como siempre.

Alpino

Desde la distancia que ofrece el tiempo, hablaremos con nostalgia en la sobremesa de la cena de Nochebuena sobre las navidades de nuestra infancia, de la zambomba y los villancicos subidos de tono que cantaba el abuelo. Evocaremos aquellos años de austeridad recordando que, los Magos de Oriente nos dejaron a los pies de la ventana aquella naranja caramelizada envuelta en celofán, la media docena de colores Alpino y los guantes de la lana o los calcetines para no pasar frío.

Pero en pleno siglo XXI la Navidad es diferente, porque ahora somos ricos, tan ricos, que ya apenas nos hacen faltan la ilusión y los sentimientos. De eso ya se encarga el anuncio de la lotería.