Días, algunos días

Libros
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Día uno:

Paseo por la ciudad un día entre semana. Es laborable y observo como la gente se afana en acudir al trabajo, a las citas previstas. Noto sus pasos presurosos para no perder el cercanías, el autobús o el metro; descubro la inseguridad que provoca la prisa en el gesto nervioso al sujetar una carpeta o al encender un cigarrillo. Yo hoy voy a contracorriente, camino sin agobio, atareado en propósitos más lúdicos, ocupado en deseos indefinidos que bien pudieran no cumplirse y, sin embargo, apenas me afectarían. Es un día especial, horas o minutos destinados a saciar la holganza de la jornada. Ocupado en buscar libros en una librería de viejo, una manía más de las que tengo ahora, rebusco, husmeo, manoseo ejemplares sin un objetivo claro ni definido. Es muy posible que compre alguno.

La tienda que visito no guarda relación con la imagen romántica o sombría que tenemos de estos locales, imagen deformada por tantos filmes o descripciones literarias y trasnochadas para recrear un ambiente cultural. Fácilmente a cualquiera se le viene a la cabeza establecimientos oscuros llenos de humedad, olor rancio de tomos viejos, ejemplares descatalogados, bibliotecas enteras desechadas por reformas, por desahucios o por la simple limpieza de trastos, de cosas inservibles. Uno se imagina al librero con un guardapolvos de color azul o gris, un tipo triste rodeado de cajas de cartón llenas a rebosar de volúmenes descoloridos. Pero no, visito una librería de segunda o tercera mano llena de luz, con estanterías de melamina blanca y con los libros ordenados escrupulosamente por temas de interés  como novela, poesía, ensayo, biografías e incluso hay una sección de guías de turismo y cómics. Justo aquí, al lado de la Gran Vía, hay de todo, viejo y nuevo, de interés o pura y simple morralla, volúmenes rescatados que nadie se atrevió mandar a la trituradora de papel.

Busco y rebusco dejando pasar el tiempo, consumiéndolo con placer, leo los lomos sin saber aquello que anhelo, esperando encontrar algún título conocido o que simplemente me sorprenda. Poco a poco me decido, la selección es muy diversa. Por tan sólo diez euros me llevo en una cutre bolsa de plástico cinco ejemplares muy diferentes.

Se rozan unas cubiertas con otras un libro de Salvador de Madariaga, una novela de Soledad Puértolas, el segundo volumen en edición de bolsillo del Ulises de James Joyce, que dicen los entendidos que es un clásico que todos debemos leer, pero lo hojeo y compruebo la pequeñez de la letra, dudo si llegaré a leerlo a pesar de tanta fama y tanto empeño. También adquiero un texto de Dionisio Ridruejo, un viejo falangista que evolucionó para acercarse a la soñada democracia. Y finalmente, otro clásico más, un texto del cojitranco Quevedo que se titula Sueños.

El día sería perfecto, después de esta compra que ha resultado ser una ganga me tomaría una cerveza fresquita en una de esas terrazas que abundan por el centro, me sentaría a descansar y, a la vez, observar a toda esa fauna urbana que cerca de las dos de la tarde todavía sigue atareada, agobiada por horarios laborales. Todo es un trasiego de personas de todo tipo, ríos de gente cruzando los semáforos en verde de uno al otro lado de la calle.

Gente

Pero no puedo, las botas nuevas me están matando, yo creo que tengo rozaduras y ando a trancas y barrancas, camino con una disimulada cojera fruto del dolor de pies. ¡Joder! que no soy Quevedo, me digo a mí mismo y casi voy imitándole camino de la estación. ¡Qué pena! podría haber sido un día excelente, extraordinario. Pero me voy a casa ya, renuncio, no puedo con mi alma porque apenas puedo dar un paso, sólo anhelo un barreño de agua fría con sal para meter mis torturados pies.

Día dos:

Que no tiene que ser el siguiente e inmediato, digamos que es otro, diferente. También es singular porque inicio un viaje de relax. Qué casualidad, parece que todos los días son especiales. Realmente, al menos, todos son diferentes y uno habla de ellos y cuenta sobre ellos si son ajenos a la rutina que supone la faena diaria; del trabajo y de la monotonía casi nadie escribe y si se hace, serán sólo comentarios, detalles, pequeñas pinceladas.

Hoy, aunque me he levantado pronto no he tenido pereza. Estoy muy animado porque hace mucho que no hago un largo viaje en tren. Me encargo de preparar del equipaje lo superfluo, minucias, accesorios y complementos. Guardo los cargadores de móvil, la cámara de fotos, la agenda, las gafas, las pastillas para la tensión y no acabo de decidirme por qué libro llevar. Al final elijo ese que compré de Quevedo y lo hago por una razón práctica pues esa edición me cabe en el bolso de mano donde llevo la cartera y otros enseres.

Está a punto de amanecer y ya estoy sentado en el asiento del vagón que me corresponde, tranquilo y relajado por haber llegado con tiempo de sobra. Como la salida de la ciudad la tengo muy vista empiezo a hojear el ejemplar y, aunque tiene la letra bastante pequeña, empiezo a leer uno de los primeros cuentos del genial escritor.

Se titula “El sueño de las calaveras” y en él se refiere a una visión después de quedar atrapado en un sueño por un texto de Dante. Más o menos trata sobre la resurrección de los muertos y una disconformidad en la conducta de los protagonistas frente al inminente juicio final. Un texto divertido que cuenta sobre ladrones que huyen de sus manos para no ser reconocidos, de taberneros que aguan el vino y de lujuriosos que no querían que se encontrasen ojos y lenguas de aquellos testigos que debían declarar en el tribunal contra ellos, y así muchos ejemplos más del mismo tipo de contradicciones.

Leyendo me sonreía discretamente, porque estas imágenes delirantes y disparatadas  que surgían en mi cabeza me recordaban a un artículo que escribí hace tiempo refiriéndome a la cuestión de los trasplantes de órganos en un supuesto juicio final.

Escribía yo en aquel texto: <<Imaginad allí, en el valle de Josafat legiones de resucitados se reclamaban unos a otros corazones, riñones, pulmones, córneas y vísceras varias para poder ser juzgado íntegros>>. Todo un espectáculo también dantesco, una visión que en nada tendría que envidiar a ese género de zombis tan de moda y de tanto tirón mediático entre los jóvenes, lectores y espectadores avezados en sensaciones fuertes. Imágenes que ya anticipaba El Bosco en sus cuadros, pinturas surrealistas como “El jardín de las delicias” que trata sobre la humanidad, de pecadores y condenados, del edén y del infierno.

Más tarde disfruto del paisaje que, a través de la ventanilla, discurre a una velocidad de vértigo. Ante mis ojos pasan trigales, olivares y viñedos ofreciendo una enorme variedad de tonalidades verdes, marrones y amarillos para una primavera que acaba de anunciarse.

Día tres:

Que son multitud, algunos días o casi todos los días, exclusivos o anodinos. Y esa reflexión permanente que me persigue sobre el bien y el mal. Interrogaciones de siempre: ¿Qué o quienes  determinan la maldad del individuo?  Condicionantes como el lugar de nacimiento, la genética, la educación, el bagaje diario, las experiencias vividas y sufridas, ¿será eso esencial y manifiesto? Quiénes son los elegidos para representar las virtudes del bondadoso Abel, o quiénes están señalados para ser el Caín de turno, fruto de la  absoluta maldad o de un imprevisto brote psicótico.

Y me pregunto interiormente: ¿Tenemos la suficiente libertad para elegir entre el bien y el mal? O estamos simplemente marcados por el destino.

La literatura tiene material suficiente para hacernos entrar en cuestión, para invitarnos a esa reflexión constante de las dos opciones determinantes. Si admitimos la posibilidad de la existencia real del infierno de Dante, del poder del demonio en este planeta. Por la simple contraposición de fuerzas también podemos creer en la existencia del olimpo de los dioses o la existencia de Dios.

Legiones de resucitados esperan el juicio final para acceder a la eternidad, si llega a cumplirse, esperemos que el veredicto sea más justo que el juicio de los hombres.

Si nada existe, si sólo somos naturaleza, materia que se transforma. A pesar de las inevitables contradicciones del ser humano, lo mejor será dejar un claro legado a nuestros descendientes y conocidos. En ese intento sensato o inconsciente de querer dejar huella debemos  transmitir sobre nuestra conducta vital un abundante recuerdo de honradez y coherencia.