CASERÓN
CASERÓN

Estaba realmente sorprendido de cómo se había resuelto todo, precipitadamente, quizás, pero nunca pensó que sería tan fácil y cómodo, estaba abrumado ante su condescendencia. Sabía que era inteligente y dotada de un gran sentido práctico, pero aquella aceptación sin reproches le había dejado un poco descolocado. Además se había comprometido a seguir siendo su representante. Ella fue la que le inventó aquel seudónimo y ahora, ese nombre era marca de éxito y triunfo. Le vienen a la memoria las dudas y las largas conversaciones que mantuvieron para acordar que todos sus trabajos irían firmados con ese apelativo. “La Pluma de Castilla” era tal vez un sobrenombre exagerado, ostentoso, demasiado petulante, pero su intuición femenina había dado en el clavo. Después de la publicación de algunos títulos modestos y sin repercusión, el pelotazo editorial había llegado y era mayúsculo. Su última novela se vendía por palés enteros, como si de ladrillos se tratase, desde la pequeña librería a las grandes superficies.

La notoriedad de la fama y que no habían tenido hijos fueron determinantes para finiquitar su matrimonio, un matrimonio que hacía aguas de mucho tiempo atrás. Pero ella a pesar de todo le confirmó que estaría detrás del negocio, como una dulce sombra, un ángel protector que, de alguna manera siempre le había tutelado su trayectoria creadora.

Fue también ella quien le animó a que se alejase de la capital, que pusiese distancia de por medio, debería seguir su consejo para que el triunfo no le agobiase y por el bien de los dos. Incluso le buscó aquel amplio apartamento desde donde ahora hacía proyectos sobre su nueva situación, y porqué no, de su recién estrenada vida de divorciado.

Desde el amplio ventanal de su pequeña biblioteca particular, podía ver los soportales de la cuidada plaza mayor de aquella ciudad, robustas columnas de granito soportaban viejas vigas de madera en un conjunto armónico y sosegado; un lugar austero donde todavía se hablaba bien el castellano. A partir de ahora bajaría de vez en cuando para tomar un café o pasear por las tranquilas calles, amén de seguir escribiendo. También tendría tiempo para otras cosas. Seguro que era posible coquetear con su nuevo look, ya sin las influencias agobiantes de su ex-mujer, había apostado por un atuendo informal y desenfadado, por qué no decirlo, más atrevido. Zapatillas casi exclusivas,  amplias camisas de tejidos nobles y chaquetas de paño o lino muy cómodas, de colores suaves. Pero lo que remataba su nuevo aspecto era una colección de sombreros de diferentes tipos para disimular su incipiente calva, un toque interesante y distinguido para un escritor de moda. A veces cuando se cruzaba con alguien, le gustaba imaginar que los curiosos transeúntes susurraban: ahí va, es él, “La Pluma de Castilla”.

Ahora ya no le interesaba el compromiso sentimental, la literatura ocupaba casi todo su espacio vital, sólo quería jugar a seducir buscando encontrar la autoestima, su nueva condición de triunfador seguro que se lo permitiría. Siempre habría alguna dama interesada en saber más de él, o quizás tontear con alguna estudiante admiradora de su obra.

En sus largos paseos matutinos se dedicaba a elucubrar, divagar buscando nuevas historias, nuevos personajes que traspasar al papel. Si todo iba bien económicamente se atrevería a comprar ese viejo palacete decrépito que tanto le atraía. Ya se imaginaba desayunando en el jardín, sólo en calzoncillos, como en aquella foto que había visto de Picasso (Picasso era un provocador, todos los genios eran excéntricos y provocadores). Aquel jardín de césped descuidado y grandes árboles serviría para compartir largas sobremesas con los amigos, un espacio donde no faltase el buen vino. Su posición y su prestigio eran ahora un acicate para que le visitasen, se sabía buen anfitrión y mejor conversador. Por la noche rematarían con veladas de güisquis o gin-tonics acompañados de una música suave donde el alcohol sirviera para desinhibir las ideas, un estímulo para continuar la tertulia hasta la madrugada de veranos calurosos, risas exageradas o enconadas críticas a otros compañeros, que el mundo de los escritores es tan cainita como el que más.

Picasso

Resultaba curioso, pero al contrario que muchos de sus colegas, él no necesitaba  ninguna excitación particular para escribir y simplemente debía vencer la pereza a  iniciar un nuevo texto. Después, todo era cuestión de tiempo y trabajo ante la pantalla, escribir y suprimir, escribir y modificar, así horas y horas corrigiendo hasta sentirse satisfecho.

De alguna forma aquella mañana de sol radiante estaba optimista, casi jubiloso, después del esfuerzo de tanto tiempo el futuro a la vista solo le deparaba bondades y parabienes.

Un ligero zarandeo seguido de un pequeño reproche le despertaron de la agradable siesta:

-Vamos, espabila de una vez, mira las horas que son y aun no hemos ido al super.  Fue todo tan rápido y tan destemplada la exigencia que, en segundos, el otrora en sueños “La Pluma de Castilla” por imperativo de su cónyuge cogía desganado un viejo Bic Cristal, no para empezar una nueva novela, sino para elaborar aquella lista de la compra un viernes más. Una nota desmantelada y anárquica donde apuntar la necesaria intendencia semanal. Zumo de naranja, tónicas, café, leche semi-desnatada, pan de molde, champú etc..... Duda al escribir yogur, pero le da pereza mirar el diccionario para comprobar esa nimiedad, al fin y al cabo cualquiera lo entendería y la compra no deja de ser una rutina más. Ya sabe cual va a ser el itinerario entre las estanterías, siempre compramos lo mismo, siempre comemos lo mismo, se dice a sí mismo.

Un nuevo aviso: Vamos, apura, que mira la hora que es y el Mercadona nos lo cierran, ¡jo, qué pachorra tienes! has apuntado que no tenemos vinagre ni espagueti. ¿Como se escribe espagueti? Qué más da, hace falta pasta y también azúcar que se ha acabado el paquete.

Apurado cierra la puerta y empieza a bajar los escalones jugueteando con las bolsas rozándolas por la barandilla de la escalera. Entre la realidad evidente y la aceptación de saberse un tipo adocenado y apacible comprende que todo ha sido una dulce pesadilla.

Vuelve a la cruda realidad  y sin pretenderlo, intuitivamente empieza a tararear (en voz baja, por si acaso) la estrofa de una vieja canción de JB Humet que dice:Y que tendrá/ su majestad,/ qué es lo que me hizo beber/ esa mujer,/ que ni soy libre/ ni me siento libre al cantar;/  yo pongo una canción,/ ella el corazón.