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Me recrimina mi vecina Ramona lo poco que escribo últimamente, me disculpo con ella diciéndole que debo estar atravesando una pájara, que las musas andan remisas al final del año, porque apenas se me ocurren ideas. Ella, tan rápida de reflejos, me anima e incluso me sugiere el título, y me dice: opina sobre lo que toca.

Y qué toca, le pregunto, si a pesar de la ilusión que le pongo no me ha tocado nada en la lotería de navidad. Entonces me explica que, ahora, lo que corresponde, es hacer balance del año que está a punto de terminar, y de las recomendaciones para el que se aproxima; además apuntilla, es muy fácil, casi todo el mundo lo hace, aunque después apenas sirva para nada.

Así que me pongo rebobinar y, aunque la memoria es remolona, emprendo la tarea rebuscando aquellas cosas que personalmente han tenido relevancia en estos casi trescientos y pico días.

Empezaré destacando el enorme cambio que ha supuesto acabar con mi vida laboral, lo que he ganado, y lo que he perdido. Un cambio importante que había previsto consultándolo con mi santa, una desconexión casi por etapas que me ha servido para adaptarme a un ritmo distinto; un nuevo orden donde intento ser el dueño de mi tiempo, aunque eso sea una verdad a medias.

A toro pasado saboreo los buenos ratos de las vacaciones en la playa, ahora sentado frente al ordenador añoro el ruido del mar y el olor a salitre. Rememoro también mis viajes en primavera a Córdoba y Sevilla, y más reciente el viaje a Navarrés y los amigos que he sumado tras la visita.

Luego vuelvo a la realidad y hago el balance de las pérdidas. Normalmente al finalizar el año en los medios informativos publican el obituario, a través de imágenes o de reseñas repasamos el listado de los personajes públicos que nos han dejado, artistas, políticos, cantantes y actores que formaban parte de nuestro entretenimiento y nuestros gustos a partir de ahora ya solo serán pasado.

Pero lo que más nos afecta son las pérdidas en el ámbito privado y familiar, entonces las emociones suben enteros. Este año hasta tres miembros de mi familia ya no están entre nosotros y, aunque generacionalmente y por edad debe ser algo normal y lógico, no nos resignamos a su ausencia. Seguro que en algún momento de las celebraciones de estos días salen a relucir sus nombres.

Hablaremos de las ocurrencias de mi tío que residía en Bilbao, él tenía un desdoblamiento de personalidad que a todos nos dejaba descolocados, pues era el más vasco en su pueblo de la Mancha y seguro el más manchego en el País Vasco; esa paradoja ha quedado en el recuerdo de su insólita personalidad.

Durante esta añada que está a punto de decir adiós la rutina ha sido la nota habitual, y menos mal, porque a veces la ruptura de la monotonía suponen contratiempo y dolor, en muy raras ocasiones el sobresalto es causa de alegría y júbilo.

Reconozco que ya lo he superado, o por decirlo de alguna manera, que ya no me preocupa demasiado la política y este eterno culebrón que nunca termina. Supongo que como a muchos ciudadanos este tema nos importa, pero el asunto se ha vuelto tan cansino que ha dejado de ser prioritario en mi estado de ánimo. Hablar de política en los tiempos que corren supone desidia, bostezo y aburrimiento. Podíamos pensar que los políticos en general viven en un mundo paralelo alejado de la realidad, y eso que no les falta tarea, porque los grandes retos que debe asumir el país están ahí, pendientes de sus decisiones; pero mucho me temo que ellos van a lo suyo.

En cuanto a lo emocional, qué decirles. Es evidente que nada es gratis, hay que invertir en sentimientos, hay que ser generosos y sembrar en cada momento; mejor escuchar que hablar, debemos protestar y rebelarnos ante la injusticia e intentar ser asertivos ante el discurso del otro. Si actuamos así, es posible que en algún momento recojamos afectos, quizás en este complejo mundo de la fe y las energías recibamos el equilibrio necesario para transitar el día a día.

Luego están las buenas intenciones a nivel general, todos esos propósitos que nos hacemos al comenzar el año. Es recomendable comer sano, beber menos y leer más, hacer más deporte o dejar de fumar.

Consumir menos y mejor, reciclar todo lo posible, porque con las pequeñas acciones podemos conseguir mayores resultados que con la actitud de los estados. Ya lo hemos visto en la pasada Cumbre del Clima de Madrid, las grandes naciones apenas han concretado medidas para combatir el calentamiento global; hay que actuar ya para paliar el desastre medioambiental que se avecina.

Y eso es lo toca en estos días queridos lectores, ilusión, buenas intenciones y mucho sentido común, que falta nos hace. Tras dos copas de sidra y comerme un mantecado para no despreciar su invitación, eso es lo último que me ha dicho mi vecina Ramona cuando por fin he podido terminar la conversación.

Ah y además aprovecho este texto para desearles la mejor de las venturas para este 2020.