Mi chica favorita

Mi chica favorita
Mi chica favorita

En el horizonte marcado por las edificaciones al final del parque sólo quedaba un leve trazo de color rojizo, empezaba a oscurecer y el sol decía adiós hasta la mañana siguiente. Como cada tarde, la actividad en la residencia de mayores se sucedía sin alteraciones a destacar y monótonamente se cumplía la rutina habitual. Sin embargo, los amplios ventanales permitían observar desde el alba hasta el crepúsculo las variaciones de la estación. Ora nublado por la borrasca, días tristes y melancólicos de otoño, ora jornadas de sol radiante que no engañaban a las temperaturas propias de noviembre.

Algunos residentes eran conscientes de esa diferencia de colores, podían apreciar la luminosidad que se colaba por las ventanas. Otros, permanecían ajenos y estaban desconcertados por su mundo interior, desorientados a consecuencia de sus demencias y sus patologías, atrapados por sus terrores personales.

Mi chica favorita llevaba varios días con una aptitud receptiva. Una jornada más masticaba con interés la gelatina de media tarde. La primera vez que la conocí no fue igual, se negó a tragar una sola cucharada y, unos arañazos en mi antebrazo, fueron el aviso de que yo era un desconocido dentro de su íntimo territorio y que no estaba por la labor de ayudarme, al menos de momento.

Reconozco que tardé un par de días en fijarme en ella. Eran tantos los nombres y tantas las diferencias entre unos y otros que, al principio, al igual que ellos, me sentía desubicado. Como en el amor, la primera impresión es importante y por eso trataré de describirla para que os hagáis una idea de su imagen. Ella es menuda, casi diminuta, seguro que muy frágil, su pelo ni siquiera es totalmente blanco pero es corto y abundante. Todo ello, junto a una nariz aguileña que sujeta unas enormes gafas de pasta le dan un aire muy particular, asemejándose a una brujita entrañable.

Sentada en su silla de ruedas y sujeta por un cinturón de seguridad apenas dice nada y, cuando la provocas, sólo lanza pedorretas y chapurrea palabras inconexas e incomprensibles. A veces mueve la silla y cuando menos lo esperas, se quita las zapatillas, pero reconozco que apenas crea problemas.

El otro día cuando la llevé al baño comprobé su delgadez. Ni siquiera se quejó cuando le quité la ropa y de su pudor ni hablamos, pues seguro que después de mil batallas y de pasar páginas apenas le sirve de nada, y yo, como profesional que pretendo ser, respeto cualquier gesto que me manifieste intimidad. Deja que la duche y la enjabone como si de un bebé se tratase. A pesar de su indiferencia o su falta de cordura, el agua tibia, junto a la sensación de limpieza y bienestar hicieron que se tomara todo el desayuno, café con leche con galletas migadas y un par de pastillas de sacarina, ya que ella, como muchos otros, es diabética.

Seguro que más cerca de los noventa que de los ochenta, mi chica favorita pasa de gimnasia y de terapias y ni siquiera se anima a colocar las piezas de un puzzle de madera. Su obsesión esta mañana es la de subirse el pantalón más allá de la rodilla y, cuando lo hace, deja al descubierto una pierna tan escurrida de carne que es puro hueso. Después, le ayudo a tomar el zumo para que esté hidratada. Así transcurrirá la mañana hasta la hora de llevarla al comedor y, que coma o no, es un enigma o una lotería difícil de adivinar.

Mi chica

Como todos los usuarios de la residencia ella goza de la atención y el respeto de los que allí trabajan. La vida diaria resulta metódica y rutinaria porque el orden en una institución de este tipo es fundamental. Observo que cada tarde vienen a visitarla alguno de sus hijos, ignoro cuantos son y si los reconoce, porque apenas les presta atención. Estoy convencido que dejó atrás un pasado de duro trabajo y de sacrificios para sacarlos adelante (como popularmente se dice). Por generación, ella tuvo que sortear situaciones extremas, empezando por soportar el hambre de la posguerra, “madres coraje” de siempre, que también ahora las hay. La fragilidad aparente de mi chica favorita no se corresponde con la dureza con la que ha tenido que enfrentarse a la vida y, sin embargo, ahora apenas es consciente de las bondades que le ofrece el centro residencial, de sus cuidados y sus atenciones, ni siquiera de su coste que probablemente es gravoso para la familia en los tiempos que corren, pero seguro que se lo merece.

Hay un dicho popular que refiriéndose a los trabajos determina el grado de dureza o dificultad. Se dice en plan chascarrillo para lo bueno o para lo malo: “En todos los trabajos se fuma”. En éste en particular y que empiezo a conocer se trabaja más de lo que algunos piensan. En algunos momentos del día el esfuerzo es intenso y lleno de responsabilidad, puesto que hay que tener en cuenta que se trabaja con personas mayores, muchos de los cuales tienen grandes problemas de dependencia.

Si aceptas el compromiso de trabajar en lugares así siempre surgen interrogantes. Preguntas que muchas veces no tienen respuesta, pero que no por ello dejan de inquietarte la conciencia si tienes una mínima sensibilidad.

Cuán importante es prepararse para la vejez, aceptar la decadencia del cuerpo y ordenar las prioridades. Mantener una actitud positiva y hacer trabajar la mente deben ser metas a conseguir. Sin embargo, a pesar de todo, surgen las dudas sobre las leyes que determinan la calidad de vida al final del ciclo, de la vejez.

Aunque nunca debemos generalizar porque cada caso es particular, nos deberíamos preguntar: ¿Qué ocurre con la legislación sobre dependencia? ¿Tienen en cuenta nuestros gobernantes el envejecimiento de la población y se toman medidas consecuentes sobre ello? Tampoco podemos obviar el tema de la muerte, ¿qué opinión tenemos sobre el testamento vital o de la eutanasia?

Son preguntas que me rondan por la cabeza después de esta particular experiencia, porque, a pesar de los temores y las dudas he comprobado que casi todos, y sobre todo, mi chica favorita, me han despertado sentimientos que tenía relegados o adormecidos por la vorágine de la vida diaria.

Gracias a este trabajo tan duro como agradecido he vuelto a reencontrarme con la ternura y el compromiso.